
por David Santana
Todas las expectativas generadas por la actual gira del grupo irlandés U2-360, en especial las referidas al escenario, quedan reducidas a cenizas toda vez que pisas el estadio y te encuentras con esa mastodóntica estructura metálica apodada La Garra- “The Claw” y que ocupa dos terceras partes del terreno de juego. Si a ello añadimos una colosal pantalla de video circular que se estira a modo de espiral a medida que avanza el show y ocho torres de sonido colgantes de 13 metros de altura cada una en forma de enjambre, tenemos todos los ingredientes de lo que se puede considerar un espectáculo único de Rock&Roll.
Desde la perspectiva de un ferviente seguidor de este grupo de rock que ha asistido a sus cinco últimas giras mundiales, hay que admitir que el presente tour muestra a una banda más ambiciosa que nunca en lo referido al gigantismo de su escenografía, pero habría que obviar el hecho de que quizás nos encontremos ante un gigante que inicia un digno declive. La rumorología suscitada en fechas previas a los tres conciertos en su ciudad natal acerca de un distanciamiento entre los miembros de la banda, así como los ataques directos a su líder Bono en cuanto a su flagrante evasión de impuestos de las vacías arcas de la otrora economía de mayor auge de la UE, puede que hayan tenido mucho que ver con la sobriedad del espectáculo y con una digamos, escasa energía, poco común en el líder de esta banda. Aún con todo ello, el show revisó todos los álbumes de su trayectoria, excepto los dos primeros, con una ejecución que rozó la perfección durante 140 minutos, todo ello ante 80.000 espectadores en el Estadio Nacional de Irlanda.
Pero la experiencia de vivir un concierto de U2 en Dublín va más allá del espectáculo propiamente dicho, ya que el ambiente vivido en las calles los días previos a la cita se puede afirmar que no es comparable con el que se genera en otras citas de similares características. A la pasión que sienten los irlandeses por la banda de rock más célebre de todos los tiempos, hay que añadir una avalancha humana venida de todos los rincones del planeta para dejarse llevar por esta locura colectiva: enormes pancartas dando la bienvenida a los fans extranjeros a Temple Bar -distrito de marcha por excelencia de Dublín- banderas de todos los países colgando de mochileros con cara de no haber dormido en días, improvisados conciertos en la calle, parodias de Bono en sus mejores días, pubs desbordados de fans botando con vibrantes bandas locales que calcan lo más florido del repertorio de la estos cuatro irlandeses de oro, fiestas exclusivas que dan comienzo a las 10 de la mañana y en las que no cabe un alfiler, grupos de fans cantando por las calles, puestos vendiendo mercaderías y rarezas de todo tipo relacionadas con la banda, en definitiva, una experiencia de rock en estado puro irrepetible.
Con toda esta energía generada en las horas previas al concierto, y muy a pesar de quienes allí nos dimos cita, el fervor de su público no se vio en esta ocasión recompensado con esas delirantes interpretaciones a las que nos tiene acostumbrado el cuarteto dublinés, especialmente cuando juegan en casa. Esa energía y esa entrega hasta la extenuación de la que ha hecho gala su líder Bono a lo largo de su carrera, es la principal causa del contundente éxito de U2 en la venta de entradas para sus giras, las cuales se agotan en cuestión de horas. Se trata de espectáculos únicos en los que el hilo conductor es la energía que desprende la banda y la entrega incondicional que exhiben sus seguidores. Sin embargo, el pasado día 25 quizás nos tocó presenciar el comienzo del declive de esa desbordante energía, en un concierto en el que pareció que querían dejar claro que los 200 años de edad de los cuatro miembros de este singular grupo de rock ya van pidiendo el inicio de una nueva etapa.
De todas maneras, esta apreciación personal en absoluto quiere desmerecer un show en el que sonaron de manera contundente, quizás con un volumen de menor potencia que en ocasiones anteriores, pero de manera rotunda. El espectáculo no tuvo un solo segundo de desperdicio. No nos olvidemos que aunque se trata de citas muy esperadas, este concierto servía para presentar las canciones de su último trabajo, No Line on the Horizon, del cual interpretaron magistralmente seis temas –intro y despedida incluida- y con el que quedó meridianamente claro que se trata de un disco de directo. La contundencia de las bases rítmicas -característica básica de este último trabajo- y los riffs imposibles de The Edge hicieron vibrar hasta la última fibra de los allí presentes.
Bono, por su parte, imbuido de ese halo de orgullo que envuelve a quien se sabe el personaje más influyente de su país y probablemente del continente europeo, se dirigió al público en su incansable labor de despertar conciencias, haciendo alusiones directas al papel que las nuevas generaciones tienen que desempeñar para lograr un futuro más digno, para lo cual repetía una y otra vez el slogan “The future needs a big kiss”. Asímismo habló de la aldea global a la que todos pertenecemos y que en sus propias palabras “se podía sentir en el ambiente de Croke Park”. Saludó a todas las nacionalidades presentes y conectó ese sentir de unión con el mensaje fraternal que promulga la fundación “One”-www.one.org-. Para ello, invitó en distintos pases del espectáculo vía videoconferencia tanto a los integrantes de la Estación Espacial Internacional como a su íntimo amigo, el líder espiritual sudafricano Desmond Tutu, para que, formando parte de su liturgia, reforzaran un mensaje de paz y hermandad que le sitúan sin género de dudas como gurú espiritual de escala planetaria. Entre medias, sufrió varias pérdidas de voz, desafinó en distintas ocasiones preso de la emoción y a la vez mostró su gran corazón dedicando el concierto a la activista en favor de los derechos humanos birmana Aung San Suu Ky que sufre arresto domiciliario desde hace 25 años, homenajeó y bendició al desaparecido Michael Jackson introduciendo un fragmento de ‘Don’t stop ‘til get you enough’ en su célebre ‘Angel of Harlem’ y acabó arrodillado pidiendo que la energía de los allí presentes llegara hasta el Hospital Infantil de la ciudad “desde donde con total seguridad los niños enfermos nos están escuchando” dedicándoles un magistral “Moment of Surrender” con el que dieron por finalizado el espectáculo en medio del delirio de su público.
Poco queda por añadir de la cita más esperada de la temporada, la cual promete ser bastante larga y que, aunque aún no está confirmado, puede que vuelva a Europa en el verano de 2010 para completar una gira, con la que deseo profundamente estarme equivocando, vamos a perder de vista por mucho tiempo a una banda que no sólo llena de energía a todo aquel que se acerca a su música, sino que ha contribuido a que sus millones de seguidores tomen conciencia de la capacidad real que tienen de lograr que el mundo sea un lugar más justo.















